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El comienzo de la Edad Media. La caída del Imperio romano de Occidente.

 

El Imperio romano expandió su cultura por todo el mundo conocido, desde los confines de Asia hasta el océano Atlántico, y desde los desiertos de África y la península arábiga hasta la frontera con los pueblos bárbaros.

Una extensa red de caminos permitía viajar rápidamente de un extremo a otro del imperio, y el mar Mediterráneo estaba surcado por un enjambre de naves, que transportaban las mercancías de un comercio floreciente.

Esta riqueza promovió la emigración de muchas personas del campo a las ciudades, en donde florecieron las artes y la cultura.

El Imperio romano tenía muchos enemigos. En Britania, una gigantesca muralla protegía el imperio del ataque de los pueblos del norte.

En el resto de la vastísima frontera norte, las legiones romanas estaban en constante lucha con gentes nómadas originarias de las estepas rusas, siberianas y mongolas que, emigrando hacia el oeste buscando mejores pastos y riquezas, intentaban penetrar en el imperio.

Las constantes guerras contra los invasores supusieron un enorme coste económico y humano, y la fortaleza del Imperio romano empezó a decaer.

En el siglo cuarto (siglo IV), el imperio se dividió en dos partes.

En el siglo quinto (siglo V) las grandes ciudades ya no tenían suficientes labradores, ganaderos y artesanos que les suministraran el sustento, y su población disminuyó. Roma dejó de ser la capital y el Imperio romano de Occidente se colapsó.

La Imperial Tarraco fue abandonada, sus estatuas derribadas y sus templos destruidos. Riquísimas bibliotecas con textos milenarios fueron quemadas. Sus ruinas se convirtieron en hogar de serpientes y escorpiones.

El Imperio romano de Oriente se mantuvo rico y poderoso durante casi mil años, durante toda la Edad Media.