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La Grecia clásica

 

En los últimos años, las nuevas tecnologías sobre el análisis genético de los restos humanos están perfeccionando nuestros conocimientos sobre la Prehistoria, dado que nos permiten conocer con exactitud las rutas que siguieron los distintos pueblos de la especie de los Humanos cuando, procedentes de África, se expandieron por todos los continentes.

La última edad de hielo empezó hace 110.000 años y tuvo su máximo hace unos 20.000 años. Entonces, grupos de humanos ya colonizaban Asia y el sur de Europa, ayudados por sus amigos los perros. El nivel del mar era entonces cien metros inferior al actual, y algunos Humanos atravesaron las tierras del estrecho de Bering y colonizaron América. La especie de los Neandertales ya se había extinguido.

El cambio climático continuó y en las tierras de los ríos Tigris y Éufrates, de los grandes ríos asiáticos y en la vega del Nilo floreció la agricultura. Por fin el trabajo de unos pocos podía alimentar a muchos, lo que facilitó la creación de grandes imperios, gobernados por reyes y faraones. Florecieron las artes y las ciencias; los sacerdotes determinaban el momento óptimo para la siembra y la siega, de acuerdo con los astros. La posibilidad de disponer de alimento abundante ayudó a crear grandes ejércitos.

En las orillas orientales del Mediterráneo aparecieron los pueblos de mercaderes que, en sus embarcaciones a remo, acudían a la península ibérica en busca de materias primas para la fabricación de útiles y armas de cobre y bronce, a fin de comerciar con todo tipo de productos. El gran reino de Tartessos se especializó en la producción del bronce, a partir del cobre extraído de las minas de Huelva, del estaño procedente de las islas británicas y de la fundición de chatarra.

Y de pronto se produjo un milagro. Alrededor del año 500 a. C. en algunas pequeñas ciudades griegas enriquecidas por el comercio nació la democracia, o sea el poder en estas ciudades empezó a estar en manos de los ciudadanos.

Los ciudadanos eran pocos, puesto que no votaban las mujeres y tampoco los humildes o los esclavos, pero en esta nueva forma de organización social el poder ya no estaba en manos de un personaje que gobernara a su capricho. Allí nació nuestra cultura, que los mercaderes griegos expandieron por todo el Mediterráneo.

Alejando Magno (Pella 356 a. C. / Babilonia 323 a. C.) conquistó todo el mundo conocido, llevando la cultura griega hasta los confines de la India, Arabia y el desierto africano, tras derrotar y conquistar los imperios persa y egipcio.

A su muerte, el imperio de Alejandro Magno se repartió entre sus generales. Ptolomeo se nombró faraón de Egipto y trasladó la corte a la recientemente fundada ciudad de Alejandría. La reina Cleopatra perteneció a la dinastía de los Ptolomeos, y era por tanto de origen griego.

La biblioteca de Alejandría recopiló más de 900.000 textos antiguos, que ardieron en su mayoría en el incendio del año 48 a. C., por lo que se perdió entre las llamas la memoria de muchas civilizaciones milenarias.

Poco a poco, la ciudad de Roma fue creciendo y extendiendo su poder. Gracias a su perfecta organización y a su disciplinado ejército, consiguió imponerse a todos los pueblos conocidos y unirlos bajo una misma lengua y cultura hasta constituir un enorme imperio.

Cuando el año 476 se produjo la caída definitiva del Imperio romano de Occidente, y la oscuridad y la miseria se extendieron por gran parte de Europa, la luz de nuestra cultura siguió encendida en Constantinopla, Damasco, Alejandría y Bagdad.

En estos y otros lugares del mundo árabe, sabios y eruditos árabes desarrollaron las enseñanzas recibidas de los griegos y romanos que habitaron aquellas tierras y de los que muchos descendían.

Uno de los sabios árabes más importantes fue Abu Abdala Muhamad Al-Jwarizimi, conocido como el padre del Álgebra, introductor de los números arábigos, que por primera vez incluían el número cero.

Powerpoint creado por Paquita Raso

Terribles desgracias asolaron Europa. Pestes, guerras y desolación redujeron su población y muchas regiones quedaron despobladas.

Las ciudades se abandonaron, se quemaron bibliotecas y se destruyeron los templos, y sus piedras gloriosas fueron cubil de escorpiones y víboras. Solamente en los monasterios, fundados acatando las reglas de un romano llamado Benito de Nursia, los monjes siguieron conservando la memoria de los tiempos antiguos, y el uso del latín, el idioma del Imperio romano.